Hablando con las plantas

repositorio audiovisual

Magia cargándose

-Un repositorio audiovisual por Astrid Gonzalez-

-2025-

En Colombia entendemos por Medicina tradicional, a todos aquellos procedimientos médicos que desarrollan las comunidades étnicas en los territorios rurales y urbanos dentro del país. Este compendio de procedimientos constituye una valiosa expresión de la cultural inmaterial, combinando niveles y manifestaciones de diferentes saberes tradicionales como: diagnóstico y prevención de enfermedades, herbolaria medicinal, preparación y prescripción de medicamentos, y otras acciones propias de los recursos curativos.

Las prácticas de la medicina tradicional crean experiencias de autonomía y resistencia frente a los modelos hegemónicos y homogeneizadores que se han encargado históricamente de dar forma al sentir, ver, pensar y existir de los sujetos racializados. Una de las preocupaciones intrínsecas de la medicina tradicional es redefinir, resignificar y solventar las ausencias de políticas públicas en materia de salud dentro de los territorios rurales de Colombia, como es el caso del departamento del Chocó.

El Chocó se encuentra ubicado en el noroeste del país, conocido como la región del Pacífico colombiano. Comprende las cuencas de los ríos Atrato y San Juan, y su capital es Quibdó. Está compuesto por 30 municipios organizados en cinco subregiones: Atrato, Litoral Pacífico, San Juan, Baudó y Darién. 

Este territorio limita al norte con la República de Panamá y el Mar Caribe; por el oriente con los departamentos de Antioquia, Risaralda y Valle del Cauca, al sur con el Valle del Cauca y por el occidente con el Océano Pacífico. Tiene una población total de 457.412 habitantes, según cifras estimadas a partir de la población censada en el año 2018. De estas, 17.000 personas fueron censadas en el municipio de Tadó y se autoreconocieron étnicamente como negro(a), mulato(a), afrodescendiente, afrocolombiano(a) en un 91.5%. (DANE, 2018).

El país tiene desafíos significativos con relación al acceso a servicios básicos de salud, por lo que en el panorama nacional se demandan estrategias de salud pública que estén encaminadas hacia los territorios étnicos para cubrir las necesidades de los habitantes. Una de las causales en relación a la falta de acceso a servicios de salud, es la barrera geográfica.

Motivo que explica que los territorios que presentan mayor cobertura en el régimen subsidiado en el país, están ubicados en zonas primordialmente rurales como el departamento del Chocó en donde el 50.7% de la población se registra en centros poblados y rural disperso, según las cifras estimadas a partir de la población censada en el año 2018 por el DANE.

Otros datos numéricos sobre la situación de la salud en el departamento del Chocó, son los indicadores de muerte materno – infantil por el área y ubicación de residencia. Se encontró en el estudio realizado por la Secretaría de salud departamental en el año 2014 que, en el área rural disperso del departamento del Chocó durante el 2011, la razón de mortalidad materna fue mayor que para las demás áreas del país. En este estudio se registraron un total de 731,7 muertes maternas por 100.000 nacidos vivos en área rural dispersa.

Esta situación es preocupante para el departamento, por lo que se requiere con urgencia el diseño y el empleo de estrategias y políticas claras que permitan disminuir los indicadores negativos, más aún cuando todos estos son el reflejo de la inequidad y factores socioeconómicos acentuados creados en la colonia y vigentes por la colonialidad.

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Con lo anterior es posible presentar a las prácticas de la medicina tradicional como interseccionales, dado que ponen en cuestión la colonialidad, la política de la muerte y la cultura racista. Confrontándolas constantemente a través de la persistencia de la memoria africana como ejercicio de resistencia diaspórica o como cimarronaje intelectual.

La vigencia de la medicina tradicional desarrollada en territorios étnicos, devela y problematiza los métodos rigurosos y objetivos dictados únicamente bajo las lógicas occidentales, que anulan así, cualquier participación de la subjetividad, la experiencia y las prácticas espirituales dentro de las nociones de conocimiento científico

Es posible comprender que estos saberes ancestrales constituyen en sí mismos entramados de desobediencia epistémica frente a las reglas del hacer científico eurocentrado. Por ello, la medicina con plantas desarrollada por sabedores y sabedoras afrodescendientes en el departamento del Chocó, debe ser asumida en este proceso descolonizador como prácticas y saberes de re-existencia, en la medida que han sido conocimientos silenciados y negados. Las que desde su nacimiento reproducen otras formas de biopoder.

A partir de estas prácticas, los agentes de la medicina tradicional pueden ser asumidos como cuerpos-potencia o líneas de fuga de las epistemes y axiomas del patrón de poder global moderno-colonial, porque abren las puertas a la generación de saberes divergentes, científicos, teóricos, amplificadores y espirituales a nivel individual y social.

La trata trasatlántica de esclavizados desde el occidente del continente africano hacia los principales puertos marítimos en América, inauguró la modernidad política y económica de Occidente. Este sistema comercial no solo fundó la institución más duradera de negocio para el desarrollo industrial y económico de Europa, sino que también instauró la producción de representaciones estereotipadas sobre África, los africanos y sus descendientes, los que fueron empleados indiscriminadamente para legitimar la naturalización de todo tipo de violencia física, simbólica, política y económica.

Durante el periodo colonial se naturalizó la necesidad de occidentalizar al continente americano mediante la imposición de un mono sistema religioso, un único idioma y una única noción de conocimiento. A los millones de africanos secuestrados por las coronas europeas en nombre del desarrollo europeo, los conectaba la noción de que lo sagrado era un eje articulador del universo de los seres vivos con el mundo de los espíritus.

Aproximadamente 1.600 embarcaciones deportaron a grupos de yolofos, branes mandingas, biáfaras, zapes y carabalíes nacidos en el centro-occidente de África. Y para estos grupos sociales el culto a sus antepasados y a los muertos fue el principal escenario en la adquisición de los fundamentos del ser religioso, individual, político y social.

Dicho sentido del mundo puede estar razonado en el paradigma de que la palabra está llena de un carácter sagrado que opera en los planos de lo divino y de las fuerzas ocultas como un activador de la magia. En estas sociedades de origen africano, la tradición oral recogió las informaciones que admitían entablar comunicación entre muertos y vivos, y por este motivo la palabra fue la columna vertebral de la memoria colectiva.

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Bajo la misma lógica en que la palabra fue empleada como un actor para la conservación de la memoria durante la esclavitud, es probable que también hubo lugar para un proceso de resignificación de los símbolos, gestos e imaginarios de orden cristiano. De esta manera, se obtuvo como resultado la reconfiguración y la actualización de la memoria africana, sumada a los hábitos aprendidos en América, lo que admitió continuar con los procesos de adivinación y las fórmulas mágicas de conjuros camuflados y codificados para evitar la persecución, el asesinato y la censura.

Desde el siglo XV hasta el 1 de enero de 1852, cuando entra en vigencia la ley de manumisión del 21 de julio de 1851, en Colombia se desarrolló e institucionalizó el capitalismo basado en el sistema esclavista colonial de la compra y la venta de seres humanos, se trató de un modelo de racialización de grupos humanos para la producción de capital.

Hombre sentado con arboles atras

Durante este período, el colonialismo elaboró tecnologías para la marginalización de todo imaginario y vestigio africano -sus cuerpos, sus creencias, su ciencia-, con la ambición de arrebatarles a los grupos esclavizados sus propios medios y estrategias de existencia. Como una de las múltiples secuelas, la población esclavizada no contó con el acceso estructural a los bienes esenciales para la vida. Un ejemplo de ello es la precarización o negación en la atención a la salud.

En dicho sistema privatizado de los bienes y servicios esenciales, que fueron en un principio de las coronas y luego de los nacientes Repúblicas, los cautivos idearon una serie de estrategias de re-existencia para el desarrollo y subsistencia de los saberes ancestrales en torno al uso de las plantas.

Esta fue una alternativa a las prácticas medicinales occidentales a las cuales los esclavizados no tenían derecho. Cuando un esclavizado enfermaba sólo podría ser atendido por un médico si se consideraba el malestar como un caso que afectara su valor en el mercado esclavista o la realización de las labores diarias. Frente a la necesidad de solventar sus propias dificultades, los cautivos se valieron de la gran variedad de raíces, hierbas y plantas del continente para su uso terapéutico, integrándolas así al sumario médico y tradicional heredado de África.

Luego, los retos encarados frente a las enfermedades -conocidas y por conocer- que golpeaban al continente americano, estimularon a los esclavizados a innovar en las formas de prevención y curación. La sabiduría de las plantas medicinales se integró a sistemas de rituales colectivos e individuales en que los saberes empíricos de la siembra y la debida forma de cosecha se sumaron a las prácticas de susurrar a las plantas para emplearlas con un bien mayor. Lo anterior desarrollado finalmente con el ánimo de alcanzar sus usos aplicativos de sanación para el cuerpo, la mente y el espíritu.

El reconocimiento de la flora y de la fauna en el continente americano fue uno de los principales retos para las poblaciones negras que investigaban cómo curar sus enfermedades en el hostil escenario de la esclavización. Una de las estrategias que implementaron para el descubrimiento de curaciones en las zonas selváticas, fue el análisis de las semejanzas morfológicas. Es decir, de plantas que evocan órganos de diversos animales o partes del cuerpo humano, y así determinar qué medicamento aplicar en ellos.

Un ejemplo de esta metodología es que la picadura de algunas de las serpientes venenosas del territorio chocoano, puede curarse al identificar signos o símbolos en las escamas de la serpiente y encontrar estas mismas siluetas en las hojas de algunas plantas. El medicamento puede aplicarse como bebida o también puede ser utilizado como emplasto.

La sistematización de las plantas generó el nacimiento y reconocimiento colectivo de varios médicos tradicionales especializados en enfermedades, malestares y tratamientos específicos. Uno de estos especialistas es aquel de carácter mágico-religioso denominado colectivamente en el departamento del Chocó como chinango. Porque sanan a partir de la relación causa-efecto exclusivamente en niveles metafísicos. Es decir, que la práctica médica puede ser entendida como un ritual en donde el paciente autoriza que el médico cure el cuerpo desde su campo energético.

Con lo anterior es permisible acercarse a la acción titánica que les significa a los médicos tradicionales en el departamento del Chocó, el ordenamiento y el aprendizaje de las múltiples variantes en la sanación con plantas. Con esto se visibiliza la importancia de su presencia en los territorios habitados por afrodescendientes en Colombia. Las parteras, los pega hueso, los sobadores, los fabricantes de balsámicas, los chinangos y zánganos, son columnas cimarronas, fundamentales y ancestrales para proteger la vida al interior de las comunidades afrodescendientes en Colombia.

Don Carlos José Murillo Copete, es un sabedor de la medicina tradicional y fabricante de balsámicas. Carlos vive en el Municipio de Tadó, y es uno de los muchos médicos que sanan con plantas, raíces, esencias, viche y palabras.

La balsámica es para el sabedor Carlos, una bebida de carácter ancestral que contiene propiedades curativas. Producidas a partir del empleo de plantas medicinales, esencias y viche. Y es empleada con fines de atracción y contra, es decir, cada preparación es diseñada de acuerdo a los intereses o necesidades de quién la solicite.

En el Chocó, las plantas medicinales son asociadas generalmente a tres niveles de usos. El primer nivel corresponde a los procedimientos primarios que realizan los mayores en los hogares como herencia de la memoria colectiva; el segundo nivel se refiere a los procedimientos avanzados que practican personas especializadas como curanderos, yerbateros, sobadores, chinangos y parteras; finalmente, en el tercer nivel se ubican las prácticas exclusivas con plantas de carácter mágico-religioso.

Tales plantas son empleadas en la terapéutica que cumple la función de aliviar al paciente, pero de igual manera pueden enfermar y causar la muerte al receptor del tratamiento si así fue encomendado. Así, en el último nivel, la figura del médico se denomina “zángano”, una representación cercana a la del hechicero contratado para sanar o enfermar, o para ocultar los caminos y colocar en ellos serpientes venenosas.

Para los zánganos y los chinangos, la categoría de plantas mágico-religiosas está dada por los usos espirituales practicados con las plantas. Esto quiere decir que son los rituales desarrollados en el tratamiento los que las hacen adquirir un carácter espiritual, con lo cual dentro del imaginario comunitario se convierten en objetos animados receptores y transmisores de energía.

HABLAR

plantas

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Esa tarde estábamos los dos sentados en el sofá de la sala hablando de las hazañas políticas de José Prudencio Padilla durante sus años de mandato, en pleno desarrollo de las campañas independentistas. La vecina tocó la puerta y entró a la casa pronunciando con la voz agotada por el calor: “Buenas tardes señó Luis, tengo un viento en la espalda que no me ha dejado ser persona, colabórame con una sobada”. La frase le salió del alma, cansada por el clima y la sensación de que la tarde era eterna, y la acción apresurada de mi abuelo no se hizo esperar. Extendió en el suelo una sábana y acostó a la mujer boca abajo, me pidió un vaso de la cocina y que le alcanzara la vela. 

Mi abuelo le pidió una moneda a la paciente y esta torció el brazo para entregársela, luego de sacar los quinientos pesos del bolsillo de la falda. Don Luis recorrió las vértebras de su paciente con el vaso, la vela y la moneda mientras balbuceaba una oración; los labios se le movían rápido y el rezo ininteligible sólo dejaba asomar con claridad fonética un “amén” al final de la oración. El vaso se llevaba el viento de la espalda y mi abuelo se quedaba con los quinientos pesos.

Comunicación personal con Luis Quintero, 2014.

Si se mira detalladamente el anterior escenario, es posible advertir diversas capas de información: la confianza al entregar el cuerpo a un vecino, para ser curado, fue constituida por actos previos en los que el proceso de sanación tuvo éxito; los rezos católicos fueron posibles gracias a los saberes de maestros del territorio, aprendidos de sus ancestros. Visto de esta forma, no existe “rezo”, “confianza”, “vaso” y “vela” como seres autónomos, sino un universo activado día a día a partir de prácticas que unen a infinidad de seres humanos y no humanos en un mismo escenario geográfico.

“Dicen los mayores y las mayoras que las plantas vienen a buscarte y que en estas épocas de tanta violencia, ellas no se ponen a dar rodeos. Te llaman y te enseñan el camino a seguir para comprender nuestra razón de ser entre los vivos y los muertos”.

Carlos Murillo Copete

Dirección y producción
Astrid González

Investigación
Astrid González

Edición y montaje
Astrid González

Sabedores
Carlos José Murillo Copete
María Cornelia Quintero

Cámara
Ana María Jessie Serna
Laura Rios

Animación 3D
Hernan Rodriguez

Diseño web
Stéphane Jean

Asistencia
Isabel Cristina González Quintero

Sonidista
Harry Suarez

Agradecimientos

Diana Marcela Palacios
Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano. Maestría en Gestión y Producción Cultural y Audiovisual. Facultad de Ciencias Sociales. Departamento de Cine y Televisión.

Repositorio audiovisual

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